Evocar es tan difícil, pero intentaré enlazar recuerdo tras recuerdo para evitar la palidez de la historia que debe continuar.
Nebulosas voces me musitan datos sobre mi infancia en inicial. Me hablan de madurez espiritual en apenas 3 años, un par de diplomas por algún concursillo en la temporada estival y acostumbrados frugos al término de las clases con mi papá. Él, con lentes oscuros en días de calor y estío, me recogía del C.E.I. N°09 Naranjal. No tantearé las charlas de camino a casa, pues fueron olvidadas conforme pasaban los años de constantes conflictos con los hermanos de mi papá debido a que no toleraban la torre de libros que se alzaba en el depósito de la casa; pero no había otro lugar, ¿qué hacer?. Empezaba la primaria, quizá mis padres creyeron que era una niña genio, futura ingresante a la UNI, mas yo sólo veía notas azules, más diplomas y recitales de poesía. Fue el momento de creer en las letras de alguien que no me diera un premio, sino, un consejo, y así fue como leí “Los desengaños del mago” de Scorza. Los sentimientos más arcanos merodeaban aquella irrealidad, en sus capítulos me bañaba del descontrol de los humanos por pisar tierra sin haber antes navegado. La soledad moldeó mis pensamientos ocultándolos. Así que al dar paso a la pubertad y adolescencia, mis años de gran promesa terminaron, sólo sobresalía en Lengua y literatura y Arte, dejando atrás concursos de matemática para reemplazarlo con música y libros que leía a solas en mi casa después de terminar la escuela. Nunca reprobé los exámenes y a pesar de algunos rojos que sonreían en mi libreta, siempre salía invicta; yo sólo no hacía las tareas, a menos que sean de mis cursos favoritos, y mucho peor cuando a finales del 1er año formé una minibanda con unos amigos del colegio, era muy apresurado, logramos poco y aprendimos mucho. Al cantar temía pronunciar parte de lo que leía en casa, pero, nunca pasó.
Anduve “bohemia” hasta 4to año, que fue cuando terminó la banda y mi vida en Comas. Pasé a las lejanas tierras cerca de la bahía de Ancón y en el nuevo colegio la vida solitaria irradió de nuevo desde mis entrañas, ya no lo pude evitar, me dediqué a creer en magias melancólicas y soñolientas que el libro otorgaba, dejé de lado la nostalgia por la música que no pudo ser y comencé a escribir más poesía. La vida se sintió frágil en ese año, ya no era la típica chica conocida por todos, pasé a ser la voz que no se escucha a menudo, lo que me hizo sentir muy segura y aliviada de tanto barullo.
Los libros de mi padre tuvieron acogida en la nueva casa, y esta vez, sin molestia alguna. En una habitación más grande que mi cuarto guardaban posición aquellos libros de pastas amarillas y hojas con aromas de azur. Mi papá y yo pintamos las paredes de aquel recinto. Fue el azul, por unanimidad, el color elegido, azul cielo para ser más exacta. Pasaron así mis interminables horas de lectura dentro de ese fortín de luz que acariciaba el cielo. Ya podía disipar la mayoría de mis dudas acerca de mi futura profesión, o bien literatura o bien arte. Mis padres me dieron la libertad que siempre hubo, lo que calmó las aguas del lago en el que me ahogaba. No había problema en la decisión, pero mis padres, como los profesores que son y por el temor a la realidad que nos acecha, me sugirieron que debía seguir otra carrera a la par de ésta, con la cual pueda apoyarme en el sentido económico, pues ellos no estarían el tiempo suficiente como para ver que me acomodase en una silla, escriba, y pida propina y pasaje a la vez. Así que me matricularon en Pamer con el fin de ingresar a San Marcos, pero valga la coincidencia por mil palabras. Postulé a la UNFV mientras iba 3 meses en academia, e ingresé a lingüística siguiendo lo estipulado por mis padres. La verdad, debo confesar que por primera en mi vida me sentí hecha de concreto. Mis familiares congratulaban mi ingreso, pero yo aún no lo hacía; -será la emoción- mentíanme mis padres, yo sonreía sulfurada de tanta desdicha. Cuando llegué a la casona, y al hablar con la directora de la escuela, desperté de aquel invierno que maldecía el lápiz del sábado, pues me dio la opción de reubicarme debido al bajo número de alumnado a la carrera de literatura. ¿Fue algún síntoma literal agudo o simplemente el destino va de acuerdo a mis pedidos? No lo sé. Mi corazón tirita cada vez que ocurren imprevistos muy certeros. Dudo que la vida me tienda caminos derechos por este cielo, pero ya sabré congeniar con las tormentas o temblores, todo dependerá de que viva el sueño.
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