viernes, 24 de junio de 2011

Con libros sin penas

Suelo leer o estudiar en mi cuarto o en la biblioteca familiar. En esta última paso más tiempo, creo que ya la convertí en una sucursal de mi cuarto, pues varias veces me quedo a dormir allí. 
Mi habitación posee una gran vista del jardín de rocas y plantas que habitan mi patio y de una avenida no tan concurrida (el ambiente y sus alrededores mantienen un constante clima de paz). Pareciera que todo está confabulado para el estudio perfecto, pero hay un detalle que olvidé mencionar: cuando estoy en mi cuarto sólo puedo tolerar la luz una hora o menos, luego me envuelvo en los brazos de Morfeo y no suelo despertar de su abrigo con tanta facilidad, por eso, voy a la habitación contigua a ésta: la biblioteca. En este espacio invadido por el vicio paterno de coleccionar libros en grandes estantes y de poesía pintada en cada muro azul, consigo leer, estudiar y repasar con mayor soltura, pues siempre tengo una fiel taza de café a mi lado y el resguardo de tantas letras en donde me enfrasco. Al parecer, aquí sí siento ese calor que siente cualquiera al estar en donde debe, con quienes pertenece. No digo que no me sienta bien con las personas, pero lo que ilumina mis ideas, lo que derriba mis prejuicios del mundo actual, lo que me tiende riendas para alcanzar el placer de ser yo misma y retratar lo bello de la humanidad, son los libros con quienes vivo y de quienes espero conocer más. La vida en mi biblioteca vale ser vivida, no hay dudas de su musicalidad.
(Espero no ser muy subjetiva con respecto a mi lugar de estudio y lectura, pero no puedo evitar expresar lo que realmente pienso de ello).

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