viernes, 26 de noviembre de 2010

Perspectivas subjetivas

Exámenes prolijos. Claramente ya me estoy volviendo culta. La razón por la que escribo y mi razón de ser se confunden a menudo en cada nueva travesía que empiezo y que no sé cuándo terminará. Confío en mí. Sé que puedo confundirme en insignificancias, pero aún así creo exhaustivamente en cada cosa que hago. Hoy fue el examen para la admisión a San Marcos. Aún no sé si distingo mi fe de lo inseguro. Una paradoja sería la razón por la que me siento tan mal y erróneamente altanera, como si mi resurrección no hubiera sido consumada, clavada aún sin la cabeza a gachas. Siento que mi gravedad se acelera, pero al contrario, no caigo; y eso es lo que marca mi inadmisible indecisión frente a la credibilidad que poseo de mi propio instinto.
Caminé unos minutos, acechando las sombras de otros postulantes; había sol pero no calor. Terminé mi ruta al oír etéreas voces que pregonaban ventas de lápices y demás utensilios indispensables para el examen. Me sentí abrumada ante la masa de gente, más aún cuando era casi imposible caminar a largos pasos. La ofuscación fue lo primero, y después vino la actitud inverosímil para salir de eso. El gentío ladraba a mil truenos, lo único dable que hice fue callar a alguno y preguntar.
La hilera humana era infinita, al principio. Luego de andar a pasos de pingüino, llegué al final de la línea y con premura brinqué al siguiente puesto en la fila. Ese era el comienzo de la competencia.
Decidí entonces hacer amistad con cualquiera que sepa dónde está mi lugar en la universidad, porque yo ni idea de la facultad o camino a seguir. Ladeé mi cabeza hacia la derecha, y vi a dos chicas que parecían tranquilas, les pregunté para qué facultad iban los postulantes a literatura, por suerte, ellas eran de humanidades, así que estábamos en lo mismo y las seguí.
Ya adentrándome en la facultad, me separé de ellas y empecé a buscar mi aula. Me confundí 2 veces de salón; suena hilarante pero estaba nerviosa, aunque no se notaba. Y al llegar al indicado me pidieron la información correspondiente y me senté en la carpeta que me asignaron. Tras de mí se encontraban dos chicos demasiado elocuentes. Uno de ellos me pidió la hora, y luego el habla. Lo toleré porque también era de literatura, y al parecer le caí bien; y a su amigo o conocido, de la misma manera. Platicamos hasta que nos callaran. Me preguntaban poco referente al examen. Él de literatura era el más locuaz, y para que no me preguntara cosas que no quería responder directamente, le comenté sin medias tintas mi edad y mi cumpleaños, claro que en tono disimulado e ido. Y fue cuando le interesé más y hablamos más pero con sigilo. Realmente no me interesaba, aunque yo a él sí. Yo sólo charlaba con él para no ponerme nerviosa al momento de mi prueba final, además en esos momentos, yo, ya estaba muy lejos del mundo de los romances de un día, solamente estaba centrada en rendir bien lo que repercutiría después en mi vida.
Empezó el examen. El sonido de desvanecimiento del carboncillo y los pasos lentos y esporádicos de los profesores que nos custodiaban eran lo único que se podía percibir. La batalla estaba dispuesta a ser ganada, pero no fue así. No me contuve a dejar sin pintar las pequeñas circunferencias de la cartilla de respuestas. Quizá mi inconsciencia infundada fue mi maldición. No me detenía, pero el tiempo sí. Todos entregamos las cartillas y seguimos el tan ansiado regreso a casa para ver las miradas de nuestros padres sonreír y decirnos: -“¡Qué tal hija! ¡Cómo te fue campeona! ¡Lo lograste, sé que lo lograste!- Lastimosamente, ese no fue mi caso. Yo no tenía cara ni alegría que mostrar, ni ganas tenía de retornar. Sabía que mi sadismo por dejar las huellas del carboncillo en ese bendito papel níveo no iban a permitirme, siquiera, un esbozo de sonrisa cualquiera.
Salí de aquel añorado recinto, y a pocos pasos de la puerta de nuevo al ruedo de la procesión. Tardé más de 15 minutos en pasar por esa media cuadra llena de muchedumbre, clamando por sus héroes y heroínas, jóvenes que enorgullecerían a toda una familia. En esa trama, sólo pude dominar mis emociones y escupirlas sobre el pavimento. Tenía que, de alguna forma, volver a casa, sin cara, sin emociones, sin nada; buscando mis sesos, ¿en dónde los tuve a la hora del ansiado juicio?
Tomé un ómnibus, casi vacío para contradecir a mis instintos. Instintos asesinos, que me arrimaron al abismo con su qué debo vivir de la sociedad; será más bien, vivir a cuestas de la torpeza espiritual de otros que no sirven más que sólo para humillar y acribillar existencias en su punto más endeble, y aún así cautivar a más inocentes, recién abdicados del seno familiar; sustraídos, enmarañados y orientados a caer en garras de la dependencia del halago para sentirse, por mínimas veces, importantes.
Sin confiar en mis instintos, y con sólo el cerebro trabajando, llegué a la morada familiar. Mis tíos maternos habían venido de visita, les saludé, y abatida recorrí mi sala que se hacía pequeña hasta entrar a la cocina, donde mi madre hacía lo posible para preparar un apetitoso almuerzo destinado a la celebración mi examen atinado. Saludé a mi madre, religiosamente, y me fui apresuradamente al cuarto colindante a esa área. Mi madre me siguió acaloradamente, presentía la razón de ese beso endurecido en su mejilla y del abrazo que entumeció su sangre por segundos nimios…