Aquel 03 de junio fue un día estático. Todo parecía no tener movimiento, excepto yo y alguien más.
Estuve sentada por 3 horas y 46 minutos sobre mi cama, bien llamada "lecho de ociosos" por mi padre. Esperaba a que alguien me grite tras la puerta, y sí, alguien lo hizo, pues una corriente de aire profundamente helada rozó uno de mis pies desnudos: mi madre entró al cuarto sin permiso alguno, refunfuñando porque dejé la llave puesta en la puerta de mi habitación. Yo fui absorbida por las paredes mientras me hablaba y empecé en silencio: "¿por qué no puedo dejar a mi llave en libertad?, que sienta un poco la soledad fuera de mi chaqueta, ¿qué tiene mi chaqueta? Mi chaqueta no la extraña". Creía que filosofar era necesario, aunque fuera una simple llave, y por supuesto, el alcohol lo estimulaba más. Estaba en mi faceta de gran pensadora ridícula. Después de verme pensativa y sin haber escuchado una respuesta se fue mi madre. Miré debajo de la cama, el vino se había acabado. Era vino seco, y a pesar de que era amargo disfruté demasiado al beberlo. Oh, no, era magnífico. Quería considerarme una adicta en secreto, ya que jamás probaría ese elixir en frente de la humanidad. ¡Uf! qué sed tuve, definitivamente, ese era un buen secreto, según yo, mi segundo secreto. Nada abrumador, pero para mi familia sí lo era. "Solo los adultos con obligaciones beben alcohol" zumbó en mis oídos.
Llegó el momento de bajar a la sala para conversar con ella, ya que teníamos que salir a unas clases de informática que llevábamos juntas, pero en diferentes salones. Puse el pie izquierdo sobre la escala y de inmediato resbalé por las escaleras ¡plag! Me agradó recordar que era madera. Me paré, di otro paso ¡plag! resbalé y caí otra vez. Terminé muerta de risa, sentía que mi perfume a vino se desvanecería con el dolor. Tomé un baño y salí con mi madre. Fuimos prácticamente volando, era tarde. Las clases empezaban a las 5pm y ya eran las 4pm. ¿Olvidé mencionar que vivo muy lejos del centro de la ciudad? Estábamos a dos horas de distancia, pero mi madre iba a hacer lo imposible por no llegar tarde: desentrañar los misterios de la singularidad de Stephen Hawking, generar un agujero negro y llegar en 1 hora o menos. Casi. No me peiné y salí empapada. Caminé lentamente hacia el carro mientras mi madre me lanzaba impresionantes miradas de fuego. Qué calor tuve. Subí y partimos rumbo a ese instituto. Puse una canción de Joy Division: transmission. Al bajar del auto le avisé que no regresaría con ella porque debía quedarme para un "repaso" y me fui al laboratorio de informática. El profesor justo pasaba la lista:
-¿Santiel?
-¡Presente!
Me acomodé en el escritorio de siempre. Entré, como nunca, al messenger, facebook, a mi blog, en este último me dispuse a escribir rápido algo que tenía en mente. Era lo único que deseaba hacer.
-¿Santiel?
-¡Presente!
Me acomodé en el escritorio de siempre. Entré, como nunca, al messenger, facebook, a mi blog, en este último me dispuse a escribir rápido algo que tenía en mente. Era lo único que deseaba hacer.
Después, como a las 11 y media de la noche, me vi arrastrándome pensativa por el patio de mi casa, recordando el episodio con una chica del curso de la tarde. Ella había pedido permiso para el baño a mitad de la clase, volteó antes de salir por la puerta y cruzamos miradas como si no hubiera mañana. Inmediatamente pedí permiso, salí y tuve la sensación de que me esperaría por las escaleras aledañas al salón. No. Ella se había quedado tras la puerta. Con solo mirar sus ojos en los míos, el alma se diluyó con el cuerpo cual bicarbonato de sodio en una taza de agua hirviendo, lento en silencio; luego, cuando me tomó de la mano y me llevó al baño, añadió el jugo de limón generando una efervescencia brutal. Yo era el color rojo, definitivamente, en todo su esplendor; ella, un pincel intuitivo. No hablamos hasta llegar al baño, donde recuperé el aliento, aire caliente. Cerró la puerta. El baño de chicas estaba solitario como suele pasar en historias perfectas, pero moví los labios y esta vez dije:
-No te amo
Y la besé mientras ella apretaba mi mano izquierda. Era la octava vez que nos veíamos de esa forma y ella era...
-No te amo
Y la besé mientras ella apretaba mi mano izquierda. Era la octava vez que nos veíamos de esa forma y ella era...
¿Mencioné que tenía yo 17 años y un perro que cuidar? Caramelo, Melo de cariño, lamió mi mano y volví a sentir la gravedad de la Tierra. Las luces estaban apagadas. Subí a mi habitación casi a gatas, no tenía ganas de dar las buenas noches. Abrí la puerta, la empujé despacio, y ni bien la cerré entró una llamada: Dari. Empecé a solo escuchar esa canción que tenía por ringtone, orange crush de REM y me metí entre las cortinas aún cerradas. La calle estaba vacía con luces fuertes. Ese amarillo-naranjo me recordó al suéter que traía puesto Dari en la tarde, ese que le quité después de que me estrujara la mano. Me dejó huellas tibias. No reaccionó verbalmente a lo que le mencioné, solo tuvo los ojos bien abiertos durante el tiempo que estuvimos en ese baño, muy limpio y espacioso, por cierto. Entreabría los labios después de cada beso como queriendo articular palabras, pero se convertían en gemidos. Ella había cumplido 20 años un día antes. No fui a su fiesta, ella quería presentarme a sus amistades como novia. Yo veía las cosas diferentes en ese entonces. Solo el placer instantáneo me unía a ella y lo sabía. Su cuerpo pequeño y medio desnudo comenzó a temblar y me abrazó esquivando un beso. Le iba a repetir la frase "no te...", mas ella comenzó a acariciar mi cabello, dejó de apretarme contra su pecho y traspasó mis pupilas con esos volcanes de azúcar moreno mirando fijamente. Musitó palabras prohibidas, conjugaciones desconocidas del idioma amor. La miel llegó a mis labios, fue certera y lo celebramos. Creí haberle dicho sí a todo lo que me propuso, pero después de tener la ropa puesta, brotaron las lágrimas y la sonrisa que siempre Dari tenía tatuada, de pronto carecía de color. Observé mi rostro en el espejo, la expresión estaba tiesa. No era un semblante enamorado, ella lo había notado.
-¿Agnus, eres tú? ¿hija? -bloqueó mi mamá el recuerdo- Tu celular no ha parado de sonar. Apágalo o contesta. ¿Quién te llama a estas horas?
-Es la compañía celular, mamá. Desde hace tiempo insisten con una oferta que no quiero aceptar.
-¡Angurrientos! Apaga esa cosa o bloquéalos. Si uno desea algo, va y punto. Nadie te puede exigir a querer algo que realmente no quieres, más aún, si es algo que no necesitas ahora.
-Espero necesitarlo nunca.
-Ya, hija, duerme.
Apagué el celular y prendí el corazón por error. Mis párpados aún no lograban evadir la poca luz que traspasaba las cortinas y estaba confundida. La lluvia empezó alejando mis oportunidades de conservarme serena. No contestar era herirla más, pero estaba abrumada. ¿Era la ilusión del amor o el amor en sí? Debía intentarlo para saber, pero el amor es inconfundible, existe. Es un aroma que se extiende sin ahogar, una voz en el viento que te envuelve justo antes de sentirte palpado, esa ola del mar que no te llega a mojar. Yo no sentí temblores cuando supe de su existencia la primera vez, pero estando acostada con las ventanas llenas de puntitos de agua por el viento, se vio todo expuesto en miles de fotografías donde Dari y yo contemplábamos quieto al mundo. ¿Era amor, entonces? Oh, perversa la duda que nunca me deja zarpar.
-¿Por qué?
Me cuestioné a mí misma con voz torpe y la respuesta automática, invariable retumbó en mis pensamientos: "porque el amor es siempre intenso y frágil al mismo tiempo. Cambia todo, se entromete y se acomoda en el espacio más cálido de tu ser. Si alguna vez decide mudarse, se lleva hasta su sombra, jurándote que el círculo se creó sin salida, y los sentimientos embebidos terminarán como la lluvia que se acostumbra, al final, a ser solo charco".
De un tirón salí de la cama y me desesperé como si buscara un inhalador. Al final encontré lo que buscaba. Esperé.
-Aló, Dari, gracias por contestar.
-¿Por qué?
Me cuestioné a mí misma con voz torpe y la respuesta automática, invariable retumbó en mis pensamientos: "porque el amor es siempre intenso y frágil al mismo tiempo. Cambia todo, se entromete y se acomoda en el espacio más cálido de tu ser. Si alguna vez decide mudarse, se lleva hasta su sombra, jurándote que el círculo se creó sin salida, y los sentimientos embebidos terminarán como la lluvia que se acostumbra, al final, a ser solo charco".
De un tirón salí de la cama y me desesperé como si buscara un inhalador. Al final encontré lo que buscaba. Esperé.
-Aló, Dari, gracias por contestar.
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