jueves, 19 de mayo de 2011

Fantasía + Inteligencia = Poesía !!!

Si quiero poesía en mis costillas,
deberé neutralizar los sentimientos,
deberé con frío inherente
fantasear sin salir del ego.

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Acceder fríamente a la fantasía
es creer que ya no hay días^,
pensar en flores ocultas,
despertar a ciegas,
y con temor, amar;
diferenciar al sol de la luz,
socavar mi yo subjetival.

Un yo impersonal
se resbala en mis reflejos,
no es imposible,
pero al ver que seres ingentes
destrozan el meollo de lo ideal,
aterra, desliza la voluntad.

Debo estar obsesionada conmigo,
debo tener conciencia de un destino,
una diferente auténtica,
nunca inmersa en gravedad,
en constante tirantez,
despegando hacia lo indeseable,
oscilando la timidez.

ÚLTIMOS ESPASMOS: Neutralización del sentimiento: Inicio de la fantasía

Di - ergo

Sé que lo contemplo,
en verdad, es bello.
lo veo tras el sueño
evocado de los credos.

Es sublime cuando intento pensar,
es vacío decir que no siento,
lo miro y sé que es cierto,
y a cuadros aún más intenso.

Impensable, increíble,
rayano a mi locura,
una letra en su figura,
una luz en mi tersura.

Es natural creer que es verdad,
que en las sombras de un espejo
pueda la luz hablar
y delatar al corazón risueño y tenaz,
consumiendo lo amargo,
avivando lo que pudo cegar.

Quid...

Extremadamente pío,
oriundo marino,
su candor reflejaba su todo,
mil azures se desprendían a su anchura.

Él custodiaba el perfume del mundo.
Él poseía el bravío de las ondas iracundas.
Él mecía a la luna en noches oscuras,
y combinando su pavor con la locura
se sinceró a lo adverso,
destruyó los cielos y tempestades poblaron la Tierra,
desterró a las almas que servían al glorioso;
reinventó la vida apagando vidas.
Y a escaso tiempo se acordó de ella.
Solitaria, vagaba por las nebulosas;
sus pupilas destrozadas por el odio,
insufrible a más no poder.
Su ignorancia al engaño lo sucumbió entero,
lo que una vez dijo terminó en pecado.
la vida es tan difícil de rehacer,
siempre hay astillas en el reino del pino.

La osciló del brazo con letal lividez,
no hubo respuesta desligada a lo execrable,
y ante la poca cáfila que había, se perdió, inhibida.

Torcido, enmarañado en ideales contrariados,
desdeñó su piel, su ley, sus palabras de hiel;
era tarde, era pronto, era el el azul en los ojos de Brida.

Se abalanzó con la mirada, hurgando entre nubes,
gimiendo por el sol embozado, vacilante del delirio,
y tras siete penumbras cayó complacido sobre la niebla.
Brida, impávida, indolente, atisbó la sangre, las lágrimas,
el último lecho del quien tanto amó; parpadeó,
y una fulgente luz redentora desfiguró el destino:
Brida desvanecía sus injurias y buscaba el corazón amado,
el gélido pecho, y la palabra "perdón" enajena su alma con brazos tibios,
el fin del calor corpóreo, ígneo, como lo fue en el tiempo del manantial.

Y ahora, tras siete siglos, ella carga la ausencia,
intenta domar los tiempos so presión del viento,
lee libros sobre amores ajenos desterrándose en silencio.

Ella aún siente su aroma ultramarino.
Ella puede cerrar los ojos y saber que él está vivo,
deseando sólo converger sus almas en rotundo vuelo,
sin designios, sin delirios,
solos, a orillas de los cielos.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Perspectivas subjetivas

Exámenes prolijos. Claramente ya me estoy volviendo culta. La razón por la que escribo y mi razón de ser se confunden a menudo en cada nueva travesía que empiezo y que no sé cuándo terminará. Confío en mí. Sé que puedo confundirme en insignificancias, pero aún así creo exhaustivamente en cada cosa que hago. Hoy fue el examen para la admisión a San Marcos. Aún no sé si distingo mi fe de lo inseguro. Una paradoja sería la razón por la que me siento tan mal y erróneamente altanera, como si mi resurrección no hubiera sido consumada, clavada aún sin la cabeza a gachas. Siento que mi gravedad se acelera, pero al contrario, no caigo; y eso es lo que marca mi inadmisible indecisión frente a la credibilidad que poseo de mi propio instinto.
Caminé unos minutos, acechando las sombras de otros postulantes; había sol pero no calor. Terminé mi ruta al oír etéreas voces que pregonaban ventas de lápices y demás utensilios indispensables para el examen. Me sentí abrumada ante la masa de gente, más aún cuando era casi imposible caminar a largos pasos. La ofuscación fue lo primero, y después vino la actitud inverosímil para salir de eso. El gentío ladraba a mil truenos, lo único dable que hice fue callar a alguno y preguntar.
La hilera humana era infinita, al principio. Luego de andar a pasos de pingüino, llegué al final de la línea y con premura brinqué al siguiente puesto en la fila. Ese era el comienzo de la competencia.
Decidí entonces hacer amistad con cualquiera que sepa dónde está mi lugar en la universidad, porque yo ni idea de la facultad o camino a seguir. Ladeé mi cabeza hacia la derecha, y vi a dos chicas que parecían tranquilas, les pregunté para qué facultad iban los postulantes a literatura, por suerte, ellas eran de humanidades, así que estábamos en lo mismo y las seguí.
Ya adentrándome en la facultad, me separé de ellas y empecé a buscar mi aula. Me confundí 2 veces de salón; suena hilarante pero estaba nerviosa, aunque no se notaba. Y al llegar al indicado me pidieron la información correspondiente y me senté en la carpeta que me asignaron. Tras de mí se encontraban dos chicos demasiado elocuentes. Uno de ellos me pidió la hora, y luego el habla. Lo toleré porque también era de literatura, y al parecer le caí bien; y a su amigo o conocido, de la misma manera. Platicamos hasta que nos callaran. Me preguntaban poco referente al examen. Él de literatura era el más locuaz, y para que no me preguntara cosas que no quería responder directamente, le comenté sin medias tintas mi edad y mi cumpleaños, claro que en tono disimulado e ido. Y fue cuando le interesé más y hablamos más pero con sigilo. Realmente no me interesaba, aunque yo a él sí. Yo sólo charlaba con él para no ponerme nerviosa al momento de mi prueba final, además en esos momentos, yo, ya estaba muy lejos del mundo de los romances de un día, solamente estaba centrada en rendir bien lo que repercutiría después en mi vida.
Empezó el examen. El sonido de desvanecimiento del carboncillo y los pasos lentos y esporádicos de los profesores que nos custodiaban eran lo único que se podía percibir. La batalla estaba dispuesta a ser ganada, pero no fue así. No me contuve a dejar sin pintar las pequeñas circunferencias de la cartilla de respuestas. Quizá mi inconsciencia infundada fue mi maldición. No me detenía, pero el tiempo sí. Todos entregamos las cartillas y seguimos el tan ansiado regreso a casa para ver las miradas de nuestros padres sonreír y decirnos: -“¡Qué tal hija! ¡Cómo te fue campeona! ¡Lo lograste, sé que lo lograste!- Lastimosamente, ese no fue mi caso. Yo no tenía cara ni alegría que mostrar, ni ganas tenía de retornar. Sabía que mi sadismo por dejar las huellas del carboncillo en ese bendito papel níveo no iban a permitirme, siquiera, un esbozo de sonrisa cualquiera.
Salí de aquel añorado recinto, y a pocos pasos de la puerta de nuevo al ruedo de la procesión. Tardé más de 15 minutos en pasar por esa media cuadra llena de muchedumbre, clamando por sus héroes y heroínas, jóvenes que enorgullecerían a toda una familia. En esa trama, sólo pude dominar mis emociones y escupirlas sobre el pavimento. Tenía que, de alguna forma, volver a casa, sin cara, sin emociones, sin nada; buscando mis sesos, ¿en dónde los tuve a la hora del ansiado juicio?
Tomé un ómnibus, casi vacío para contradecir a mis instintos. Instintos asesinos, que me arrimaron al abismo con su qué debo vivir de la sociedad; será más bien, vivir a cuestas de la torpeza espiritual de otros que no sirven más que sólo para humillar y acribillar existencias en su punto más endeble, y aún así cautivar a más inocentes, recién abdicados del seno familiar; sustraídos, enmarañados y orientados a caer en garras de la dependencia del halago para sentirse, por mínimas veces, importantes.
Sin confiar en mis instintos, y con sólo el cerebro trabajando, llegué a la morada familiar. Mis tíos maternos habían venido de visita, les saludé, y abatida recorrí mi sala que se hacía pequeña hasta entrar a la cocina, donde mi madre hacía lo posible para preparar un apetitoso almuerzo destinado a la celebración mi examen atinado. Saludé a mi madre, religiosamente, y me fui apresuradamente al cuarto colindante a esa área. Mi madre me siguió acaloradamente, presentía la razón de ese beso endurecido en su mejilla y del abrazo que entumeció su sangre por segundos nimios…

jueves, 2 de septiembre de 2010

Ja wir sind frei, wir sind ganz frei...

¿Libertad?... de que la tengo la tengo, del modo que aparenta, la cuestión es que me aturde responderle a mi subconsciente cada vez que puedo hacer algo y, pues, ¡no lo hago! Palabras van , cirios vienen y en una excéntrica se detienen. Nadie toca mi puerta, no hay sensibilidad a la vista, mi reloj estornuda su último retorcido tic tac (jamás le cambiaré las pilas, ¡todo debe parar!, pero forma sorpresiva).Y yo... yo sigo en mi libertad: humillantes efectos de la realidad, custodiada por sorbos rebalsantes de un vino seco, templado, estimulante al quebranto de mis blancas llamaradas, más humeantes que sus propias lágrimas ya estériles. Sólo queda maldecir a la libertad muy mal entendida. Todo me dirige al exilio del placer etílico y a sueltas de humareda, pero... no caeré en mis sucias palabras cortavientos, me niego a abordar nuevos sueños que más que fugaces son necios, tanto las leves rupturas como frenos. Nada me sirve de consuelo. Confusión al extremo, brr... blap... mi tenaz mente de acero flagrante ¿tú y yo cuando cambiaremos?
Aligerando el punto donde habito, voy desmantelando una cama, un closet y mi cara. Concentración, concentración. Conservo a ciegas el retrato de una niña, cuya infancia me retrae con sobreestimada fuerza,  agonía. Su semblante cautivaba miradas, ahogaba seres en auténticas sonrisas, destellaba en dulzura lejos de lo amargo de la vida y, como si fuera poco, ningún futuro oblicuo albergaban sus narices. No execraba ni deseaba paletitas, ¡ella era la música, ella era vida!, inocente iba tras un sendero de margaritas infestadas in ventrem por sadismos, masoquismos y temblores del sino.

jueves, 19 de agosto de 2010

Desengaños del mago

Bueno, esta vez no voy a postear un poema que haya escrito, más bien, rendiré un cierto homenaje a una de mis influencias: Manuel Scorza.

Éste novelista y poeta compatriota nuestro, a pesar de ser parte del indigenismo (de la generación del '60) es sádicamente quimérico y a la vez su ironía es digna de ser contagiada por todos los "anormales"(¿me entienden verdad?). Y aunque su realidad en aquellas épocas no fue la mejor de sus fantasías soñadas, sobrevivió emocionalmente ante su exilio, a penas a la edad de 20 años. Pero a la dictadura de Odría le salió el tiro por la culata, ya que aprendió lo suficiente en el extranjero como para ser uno de los mejores poetas de mi colección personal.

Y sin más historias les presento, al lírico utópico de la realidad, al transformador de contextos ilusos en puro ensueño... con ustedes... Manuel Scorza , y su poema "Desengaños del Mago":


DESENGAÑOS DEL MAGO




I
Antaño yo vivía en una torre que custodiaban tardes de susurrantes collares.
Yo acechaba a las caravanas que, al caer los crepúsculos, entraban en los patios polvorientas de azul.
Yo jamás dormía.
Pero tal vez dormí, tal vez soñé que un ruiseñor sediento secaba los mares.
Porque tortugas sospechosas empezaron a seguirme.
Yo tenía diez años y en las tardes miraba flotar en los estanques ciudades de ojos magnéticos.
Cada noche la marea depositaba en los árboles islas dormidas.
En bosques de miel aguardaba a Lucy, la diminuta niña de cuernos relucientes.
Lucy sollozaba por los elefantes enredados en mi barba.
Lucy era una gaviota.
Yo era un cangrejo, un lirio, un árbol relampagueante.

II
Déborah: si alguna vez desciendes de los tejados, si alguna vez emerges de los cementerios donde vives, y cruzas (ave o demonio) por la Plaza del Oso, me verás bajo la lluvia esperándote. Porque amé tu calavera de conejo, amé hasta enloquecer tu rostro dañino.
Déborah y yo cabalgamos sobre un escarabajo de ojos penetrantes y
en días de tristeza recorrimos espejos, uniformados de azur.
Déborah se mataba las pulgas mientras yo recitaba mis Grandes
Cantos.
Sólo una vez me permitió besarla. Fue en los jardines: la primavera silbaba su tonadilla mientras ella movía la cola, azorada.
Pero tan pronto la besé, sacudió el polen de su falda, aulló a la luna y huyó por los desfiladeros.
Yo felizmente era un topo, yo dichosamente excavé un túnel.
Yo estaba solo amancebado con la luna.
Bien lo sabes, Déborah, mi araña incomparable.
¡Oh mi alondra!
¡Oh mi cítara enlutada!

III
Antaño fui un Mago Melancólico y panteras invulnerables me seguían arropadas en sus sedas.
A mi conjuro brotaron manantiales de rubí.
Poblé los cielos de bondadosos monstruos.
Yo tenía veinte años: el año empezaba.
No temblé cuando la abominable tripulación puso proa al paraíso.
¡Proa al paraíso, charcos de azul!
(“¡Nunca te traicionaré!, ¡no me rendiré mientras chapoteen las sirenas!” —Mentíale a mi musa).
Yo era inmortal, era divino.
Remonté ríos de erizados dientes.
Era el tiempo maldito de mi generación.
Todavía escucho gritar a los unicornios pisados por la multitud.

Todavía oigo al gentío himplando para que abdique.
Pero yo no cambio de plumaje: me niego a iluminar con mi canto los fétidos establos de la noche.
No más embustes:
Que el Poeta se quite el antifaz y muestre su pico afilado.
Porque rabiosos ejércitos nos buscan.
Mas yo vuelo hacia el futuro, yo anido entre inmortales.
Os prometo que una brisa de alondras refrescará el infierno.

IV
Pero llegó el tiempo del murciélago.
En los caminos colgaron a los elfos.
Pintarrajearon a las hadas antes de forzarlas.
Fracasaron mis magias.
Vagué por llanuras de trapo.
Me llené de moscas como un verano gordo.
Estuve en Samarkanda, la de cabeza sumergida.
Sólo insectos poblaban tu urbe, Desesperación, ¡Oh Desolado, sólo su pueblo ciego te miró envejecer ante las murallas!
Atravesé salones enjoyados donde el tigre husmeaba: tigres gigantescos entre cuyas zarpas pasan ríos despavoridos.
Hasta que huí de aquellas tribus.
Así llegué a Nínive, la de sangrantes ojos.
La tarde era un pez de tetas fosfóricas: el río arrastraba imperios de oro danzante: yo mismo era una serpiente entre tanta belleza.
Tuve suerte: me amamantó una hembra cuya gordura a los naturales aniquilaba.
Yo saludo a la que me llevó muérdago y ratones frescos a mi cubil, yo celebro a la que lamía mis cabellos dolorosamente.
Oh Nínive vestida con mi dicha.
Nínive de ojos inaccesibles
Nínive de torres soñolientas
Nínive donde quedó mi corazón ardiendo
Así empezaban los años de mis inolvidables desgracias, aquel funesto amor que fue mi ruina, mi tesoro de cabellos azules.

V
Al salir me derribaron los coletazos del viento enloquecido por los piojos.
Para vivir compuse canciones: la turba me arrojaba oro entre los barrotes.
Ya era tarde.
Enfermé.
Agonicé en los bosques. Mi trono era la luna; mi cetro, el aullido del lobo.
Peinábame el sol, adulábanme sus hipócritas vasallos.
Yo recordaba el pasado, cuando sobre los delfines en las bahías del alba, fuimos horriblemente felices.
Recliné la frente en las catedrales.
Caían las torres envenenadas.
Sangraban los obeliscos.
Al amanecer, me sentí mejor: estaba muerto.
Entonces el mar encaneció, las islas huyeron...

sábado, 7 de agosto de 2010

¿Me iré? y no miento, mentira.

No estoy segura de lo que pasa fuera de mí pero sé que estoy mintiendo en cada "sí" que digo. Estos últimos días, mi alma ha rasgado un poco de valor y seguí a los normales. He visto lo que es dañar una corriente de aire sin pisar por más de un segundo lo concreto. La invisibilidad ante la luz es tan prolija de explicar; si tan sólo la lluvia cesara y no me vea más, nadie me distinguiría de lo que es real, y la luna pecaría por sucumbir ante el mar, otra vez.

Ya que tan solo execrar a los vientos y aventurarme a la nada no me alienta; mi única salida será el exilio de mi ser, teniendo en cuenta de que nunca bastaré para los que no ven y que la fe es una reacción innata cuando uno está al borde de la muerte.

Ante la pronta expiración metafórica que me acelera, las palabras puntiagudas destinadas a herir no lo hacen. Estoy en un estado de inercia tan profunda que a lo mejor mi subconsciente juega irracionalmente conmigo.

¡Qué tal estado de evanescencia espiritual!, las manos blindadas de incontrolables suspiros arrasan lo copioso de mi destino, y en fin, la dejadez de mi suplicio no me corresponde como debería.

Confusa suplico. Esos delicados roces son tan estruendosos en lo interno, o es que acaso no fingen valor a la hora de derretir estrellas sobre huesos.

Ya mañana será el ocaso y solo espero tu aliento...